Monólogo de Ahriel.

"Soy Ahriel, soy fuerte"me digo mientras camino hacia la estancia de Marla. "Puedo hacerlo, debo hacerlo". MIs pasos cada vez son más lentos... Me cuesta acercarme, pero llego hasta la puerta. Pongo la mano en el pomo y simplemente pienso: "Gíralo". Parece que no he sido yo la que lo ha hecho, sería incapaz, ha sido más bien un acto reflejo. La estancia huele aún a las velas que solía encender Marla. Aún me cuesta creer todo lo que ha pasado durante este tiempo. Marla... mi protegida. ¿Cómo iba a esperar una traición así? ¿Y cóm esperar que estaría observándome al otro lado del cristal de su bola prisionera? "Gorlian no es más que una bola de cristal" me digo a mi misma. Pero mi inconsciente reponde: "No te da miedo la bola de cristal, Ahriel, sino lo que se esconde en el interior". Pero hay una razón por todo esto. Y se haya también en el interior... Mi hijo. Una lágrima resbala por mi mejilla. Una de las pocas que he derramado en mi larga vida. Lenvanto la alfombra del suelo y veo el círculo mágico dibujado con tiza lilácea. Me lo pienso dos segundos, pienso en lo que hay al otro lado del cristal. El fango, el hambre, el dolor, el cansancio... Mi hijo. Otra vez él me da fuerzas. La bola de cristal ya no está en la mesa, pero esté dónde esté el círculo mágico me llevará allí, y podré salir de la misma manera que la última vez. Marla la escondió inútilmente. Pongo un pie en el interior del círculo y la cabeza empieza a darme vueltas. Luego pongo el otro, y la sala se ondula y gira sin parar. Cierro los ojos, mareada. Cuando los abro solo hay oscuridad y una luz a lo lejos. Me acerco, corriendo y abro la puerta que sale de la cueva. "Estoy en Gorlian..." pero luego alejo esos pensamientos de mi: "Estoy en Gorlian...para sacar de aquí a mi hijo". Salgo al exterior de la cueva por la que he entrado y vuelve a mi ese olor repugnante a fango y tierra mezclado todo con la humedad. Es tan frustrante volver a mi prisión.


Tras días caminando, encuentro un lugar que también es una razón para haber vuelto. Quizás mis pies se hayan dirigido directamente hacia allí. En la cruz clavada en el suelo hecha con dos trozos de tronco pone escrito por mi misma, con mis dedos enfangados: "BRAN el único ser digno que hay en este lugar". Le hecho tanto de menos. No sé cuanto tiempo paso allí, sentada a lado de la tierra revuelta de su sepultra. Quiero volverle a ver algún día. Miro más allá del camino entra la maleza muerta y los charcos de fango. Allí, como marcando mi camino, está por encima de todo la cabaña de Dag. Escucho con atención, y entonces el aire parece traerme con él el llanto de un bebé.

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