Ahriel encontró a su hijo, un pequeño bebé dotado de alas y aquella sonrisa tan típica de Bran. El niño creció sano y pudo volar antes de lo previsto, era también muy inteligente y astuto. Ahriel cada día pensaba en Bran y Braniel, que así fue como llamó al pequeño, no dejaba de preguntarle sobre él. Ella le había explicado cuanto recordaba, cada detalle, cada momento, cada recuerdo, feliz o doloroso. Pero Braniel quería saber más y un día dijo algo que hizo pensar mucho a Ahriel.
-Pero tú eres un ángel, mamá.
-No, te he dicho muchas veces que ya no lo soy.
-Pero lo fuiste...
-¿Y eso que importa? No puedo traer de vuelta a Bran, no puedo devolverte a tu padre... Y creeme, lo siento- dijo Ahriel con dulzura.
-No, no puedes traerlo de vuelta. Pero puedes llevarme hasta él.
-No te entiendo- dijo Ahriel, extrañada.
Esa sonrisa pícara, la de Bran, invadió el rostro de su hijo:
-Los ángeles deben poder entrar en el cielo, ¿no es cierto?
Ahriel pensó en lo que su hijo le proponía, pero ningún ángel había entrado nunca en el cielo, ni podía hacerlo, según lo que había aprendido en la Ciudad de la Luz. Miró a su hijo y al ver su cara esperanzada le dieron ganas de intentarlo. Si era una manera de poder volver a ver a Bran... lo intentaría, aunque fracasara.
Así que el día en que se cumplían diez años desde que Ahriel entró de nuevo en Gorlian para rescatar a su hijo los dos volaron más alto de lo habitual, más allá de la nubes.
La Ciudad de la Luz resplandecía, como era de esperar. Mas lo hacía con una luz diferente a todas las demás. Braniel sonreía sin parar y cada vez Ahriel estaba más esperanzada, acabando por sonreir también. Los dos juntos atravesaron las Puertas de la Justicia pero Braniel tubo que esperar mientras su madre intentaba conseguir el permiso para entrar en el cielo de lo humanos. Tras varias horas que a Braniel le parecieron eternas, la puerta se abrió de nuevo. Pero el rostro de Ahriel no era el que él esperaba y una lágrima resvaló por su mejilla. Sus ojos centellearon un instante, suficiente para que Ahriel supiera que tramaba algo. Antes de que pudiera impedirlo Braniel volaba por encima
se su cabeza en dirección a una luz dorada que se encontraba lejos, hacia la derecha, custodiada por tres estrellas azules.
Ahriel alzó el vuelo temerosa, pero su hijo era tan rápido... No sabía que si intentaba llegar al cielo sin permiso, las tres estrellas guardianas le matarían. Ahriel gritó su nombre, pero Braniel volaba ensimismado con la sola idea de ver a su padre, el hombre del que tanto había oido hablar, el humano... Sus ojos brillaban de la emoción, sus oídos, sordos, dejaban de escuchar... Y Ahriel aceleró todo lo que pudo, voló, voló y voló más rápido. Cuando Braniel estaba a tan solo unos metros de la primera estrella su madre se esforzó en pensar que no volvería a perder a otro ser querido, y menos a su hijo, él, suyo y de Bran. Así que, una vez más, desde la última vez hacía ya diez años, resplandeció tanto que sus alas cobraron un color peculiar. Luminosa como el mismo sol, Ahriel voló con todas sus fuerzas, vatiendo aquellas alas que parecían prendidas en fuego, y logró tocar la espalda del pequeño. Braniel gritó y se removió en sus brazos, pero aún así, ella se lo llevó, lejos de todo peligro.
-¡Dime porqué has hecho eso!- chilló el pequeño, en sus ojos ya no brillaba la emoción, sino la ira.
-Porque esas estrellas iban a matarte, Braniel...
-¡¿Y qué importa?! Estaría con él de todas formas...
-No digas eso... Yo... yo te prometo que lo intentaremos, hasta que nos den ese permiso- Ahriel intentó trasmitirle la sinceridad de sus palabras a su hijo, que aún la miraba desconfiado.
Finalmente Braniel asintió.
Finalmente Braniel asintió.
-Solo si lo prometes de verdad- dijo, triste otra vez- Mamá dime que estaremos juntos, algún día.
-Te lo juro- dijo Ahriel, sabiendo que algún día... la justicia les uniría.
Ella, que nunca había mentido al jurar. Lo conseguiría, no solo por Braniel, sino también por ella.
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